échenle cal al perro

Le puse atención a la muerte por primera vez a los seis años camino a la escuela. Alguien pasó en una troca y entró en un lote baldío. Bajaron un señor y su hijo, abrieron la caja y el señor sacó arrastrando un perro que aventó por los aires y cayó en el terreno levantando una nube de polvo seguida una más grande provocada por el duro reversazo y salida de la troca. De regreso a casa volví a pasar por el lugar. Ahí la vi, en el cadáver de un perro que comenzaba a inflarse bajo el calor del verano. Nadie lo enterró. A los días, un vecino salió a cubrir el cuerpo con cal y todos nos olvidamos del perro.

Siempre ha estado presente en el rancho. En las gallinas que mi abuela da vueltas de la cabeza y corren con el pescuezo roto hasta que se dan cuenta que llevan rato muertas, en la carne que corta mi madre para la comida o entre el llanto y gritos desconsolados de un funeral. Está en las noticias: muerte aquí y muerte allá, muerte en todos lados. Tan presente que no puedo dejar de sentirla y estoy seguro que no solo yo. Una muerte siempre rodeada de violencia. 

¿Pero cuándo comencé a sentir su abrazo? Puede que con ese perro. No, fue a los trece en los ojos de mi vecino que de tanto picarse la vena ya le tocaba agarrar algo. No lo reconocí hasta que lo vi a los ojos y ahí estaba ella abrazandolo en ese hueco negro del que nada ni nadie podría sacarlo.

Así se fue un compa y se fue otro vecino y uno se cree invencible por esquivar la bala dos o tres veces pero no se quita del frente del cañón, porque ni modo que uno se viva con ese miedo. Pero entre tanta muerte uno empieza a jugarle al vergas, “total no me ha alcanzado” y uno empieza a picarle las costillas a ver qué sale. 

Por jugarle nos vinimos a fumar mota al monte y aquí va llegando una troca con dos cabrones y un perro muerto, lo tiraron en medio de la noche y no teníamos que haberlo visto pero aquí estamos, con el culo en la mano, quietecitos, sin movernos, esperando que se vayan a ver si otra vez esquivamos la bala y seguimos siendo inmortales. 

Volvemos a prender el gallo en lo que se nos baja el susto. De puro pedo seguimos vivos. La troca se fue pero la muerte sigue aquí, abrazando el rancho entero. La misma muerte que al irnos descubrimos no era la de un perro. Esa muerte que esta noche por poco compartimos con un desconocido. Algún día nos cubrirán de cal para olvidarnos.


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