de diablos en el cerro y aguas locas

Luca me contaba las historias de espíritus, duendes, maldiciones y apariciones con las que se había encontrado desde chico en el rancho de su familia. De pequeño pasaba ahí gran parte del tiempo al cuidado de sus abuelos, desde entonces veía cosas que los demás no, jugando con criaturas de fantasía y enfrentándose a sus demonios. El plan era pasar ahí la noche acampando junto a otras de sus amistades. Si algo sobrenatural nos pasa, le dije, podría cambiarnos la vida. Guardamos silencio un momento pensando en lo que nos esperaba. “¿No se le había aparecido el diablo a tu papá en una peda?”, me preguntó  Luca.

Si tuviera que describir nuestra amistad, sería como una enorme interrogante que tomaba una inflexión diferente cuando cada uno la decía. En la voz de Luca se convertía en un “por qué” interminable del que no se puede escapar y te obliga a seguir avanzando. De mi boca esa pregunta sería una repetición infinita de un “quién soy yo y quién eres tú, que no soy yo”. Con él me sentía más cómodo que con nadie más porque no buscaban decirme su verdad, le bastaba con hacer preguntas y eso me ayudaba a acercarme a las respuestas que tanto buscaba. Por aquella época lo que más me preocupaba era la relación con mi padre. Para ayudarme Luca constantemente me hacía preguntas para entender quién soy, preguntas que me acercaban a mi padre al mismo tiempo que me alejaban de él, que me hacían darme cuenta que nunca seré quien él quiere que sea.

Siendo sincero, lo de acampar era solo un pretexto. Llevábamos una cantidad de drogas mayor a la necesaria para encontrarnos a la fuerza con algo paranormal. Íbamos bien armados: mota, perico, champis, tachas, fritos, eme y cuanta mierda se nos atravesó, aparte de cheve y pisto. Acampar era un pretexto, queríamos pasarla bien. Con tanta cosa Luca vio como necesario hacer un agua “pero bien loca”. Lo que para nuestras intenciones venía más que perfecto, que todo pegue de putazo, pero para mi atasque, ese putazo tardaría en llegar. Luca se me adelantó, para cada uno tenía ya medio ajo listo, se prendió un gallo y nos destapó un bote. “Eres el mismo diablo”, le dije. Lo de acampar era un pretexto, quizá lo que queríamos era encontrar la respuesta a nuestras preguntas.

El rancho era más grande de lo que pensaba. Cuando llegamos nos recibieron los perros, tres grandes bestias que de no ser por Luca seguro nos hubieran destrozado.  Al centro de todo se encontraba una casa  en la que no había nadie, el cuidador aprovechó que vendríamos para ir a visitar a su familia. Había un huerto del que tomamos algunas verduras. Había también árboles de frutas de los que arrancamos las que se veían más dulces. Tenían además cerdos, gallinas, cabras y un par de vacas. Luca amarró una de las cabras y la llevó con nosotros mientras recorríamos el lugar. Llevábamos lo necesario para dar un banquete.

Era tan grande el lugar que comenzamos a subir el cerro, a lo lejos se escuchaba el aullido de coyotes. De no ser por los tres canes que nos llenaban de confianza y por el frito que empezaba a tronar no me hubiera adentrado tanto en la montaña. Llegamos a un árbol al que Luca amarró la cabra, debajo se encontraba una mesa con una gran olla y cerca los restos de una fogata. Antes de que no pudiéramos hacer otra cosa a causa de lo que nos fuimos metiendo durante el camino, armamos las casas de campaña. Acomodaba mis cosas cuando escuché un chillido a muerte, era la cabra que Luca se encargó de colgar de aquel gran árbol para que su sangre cayera en la olla que vimos al llegar. Ese chillido algo me había hecho, lo veía en Luca que había iniciado una transformación a un ser cercano a aquel animal al que le estaba quitando la vida. Con cada gota de sangre se parecía más a una cabra antropomorfa, en sus patas, en sus cuernos y en sus pupilas, ahora rectangulares. “¿Y si esto no es más que el comienzo?, dijo, “preparemos lo que falta antes de que dejemos de ser nosotros. Ya estamos aquí y a esto es a lo que vinimos”.

Con la noche aparecieron los demás invitados, amistades de Luca que no conocía pero pronto descubrí que no era la primera vez que visitaban el rancho, famoso por sus aquelarres. Conforme llegaban les recibimos con un vaso de agua loca. Sabían a lo que venían y si llegaban a preguntar algo sobre la bebida era ¿quién la había preparado?, a lo que Luca se limitaba a contestar con una sonrisa. Para entonces ya estaba yo del otro lado, los tres perros que nos cuidaron durante el camino se habían fusionado y se me aparecían ahora como Cerberus, resguardando la entrada a este infierno. Los invitados a los que les servía ya no eran humanos sino centauros, arpías, minotauros, seres horrendos con garras, colas, cuernos y rostros grotescos; cuerpos con la cabeza de un caballo descarnado, otros con los pies al revés y la cabeza volteada, duendes que corrían por todo el lugar haciendo travesuras, y hasta una serpiente de siete cabezas.

Bebimos un vaso tras otro y con cada trago veía más en mi amigo al mismo diablo, cambiaron su altura y tono de voz; su cabeza ya no era humana, con cada exhalación fuego salía de su boca. Viéndolo pensaba en todas esas historias de abuelos agarrándose a machetazos con Lucifer en el cerro, sobre todo por una historia que me contaba mi mamá y que pasó cuando yo era muy pequeño para recordarlo. Estábamos en la casa de mis abuelos, había sido un día de fiesta donde todos mis tíos estuvieron presentes, incluido El Chamuco, mi tío el mayor, quien disfrutaba de hacer tomar a los demás y jugarles bromas pesadas mientras estaban ebrios. Ese día, mi papá estaba tan mal que apenas podía mantenerse en pie y no podíamos entender nada de lo que decía. Mi tío no dejaba de reírse mientras caminaba con mi padre por la casa, buscaban algo o a alguien que solo él podía ver e intentaba hacer que sus hermanos le siguieran el juego. A fin de cuentas, funcionó. La broma cayó en el más ebrio de la noche, mi padre, que de repente gritó en pánico. Algo se le había aparecido al fondo de la casa. Cuenta mi madre que con cada grito también yo gritaba. No estoy seguro quien estaba más asustado, si él en su delirium tremens, o yo por ser tan pequeño y no entender lo que estaba pasando. ¿Cómo podía estar él tan asustado mientras sus hermanos estaban en el suelo cagados de la risa?, lo hacían ir y volver por los pasillos como si escapara de algo, hasta que tomó una botella de perfume y sacó un encendedor de su bolsillo, inventándose un lanzallamas con el que intentó quemar a El Chamuco. Tuvieron que someterlo para que hiriera a mi tío ni provocara un incendio. Al día siguiente dijo haber visto al mismo diablo. 

Ya entrada la madrugada, en medio del baile, el fuego y tanta mierda que me había metido, era como si no estuviera en mi cuerpo, podía ver todo lo que estaba pasando, cómo el banquete se convertía en un ritual en el que Luca controlaba las llamas, llevaba el ritmo de la danza mientras se bañaba en la sangre de la cabra que él mismo había sacrificado, arrojando sus pedazos al fuego donde grandes flamas los cocinaban y con ello hacía arder las almas de los presentes. Todo el mundo reía, gritaba, lloraba, o entraba en éxtasis por una mezcla de las tres. De un momento a otro, todo paró, la mesa estaba servida. Los comensales contemplaban el banquete sin mover un pelo, como esperando una señal que sabrá cual haya sido, pero hizo a todos abalanzarse sobre la comida, y ahí estaba yo, insaciable devorando todo. Vi cómo Luca se me acercó, acariciando mi cuerpo mientras yo comía con un hambre que no había sentido nunca. Comenzó por preguntarme: “¿te gusta el maltrip?”. Él lo sabía, me gusta el maltrip. Me gusta no tener el control y dejar de pensar en lo que tenía que hacer o lo que me gustaría hacer, me gusta dejarme ir por completo a la mierda. Más de una vez se ocurrió que sería mejor irme en el viaje para nunca volver. Mis problemas ya no serían mis problemas y podría hacer lo que me viniera en gana. Me arrastraré por el lodo pensando y repensando si valía más ser quien soy yo que ser lo que se espera de mí como hijo, como hermano, como hombre, si vale más vivir como animal, como una de estas bestias que llegaron a acompañarnos en esta fiesta. Si, me gusta el maltrip y esa noche me regocijaba en él. Luca iba y venía por la fiesta y cada que volvía a encontrarlo me lanzaba otra pregunta: que si ahora creía que mi papá había visto al diablo, que si por qué me molestaba no ser quien quiere que sea, que si alguna vez me había sentido libre, que si estaba eso bien, que si aquello estaba mal, que si todo esto era normal. Pensaba en mi padre, en mi tío El Chamuco, en Luca, en las demás criaturas la fiesta y en mi mismo sin llegar a una conclusión sobre quien era realmente cada uno. En medio de aquel frenesí Luca se acercó a hacerme una última pregunta: 

¿me creerías si te digo que estamos condenados a no entendernos?

Entre el alarido de todos los presentes, la pregunta me hizo adentrándome aún más en el viaje sobre mi padre del que solo la mañana pudo sacarme.

Me pregunto qué le habrá dicho el diablo a mi padre como para intentar quemar al mismo rey de las tinieblas. ¿Habrá sido algo parecido a lo que me dijo Luca a mí esa noche? Lo cierto es que no me hizo más que preguntas y en eso seguía siendo Luca. Puede que las preguntas que le hizo a mi papá hayan sido las que no quería contestarse y para evitarlo tomó lo primero que pudo convertir en un arma. Lo digo porque lo que siento ahora no es miedo, sino desesperación por no saber la respuesta a esa última pregunta que me hizo y terminó por ahogarme. 

Desde entonces sigo viendo a Luca transformado. Tal vez mi padre nunca dejó de ver al diablo en mi tío y desde entonces ha sido El Chamuco. Nadie puede ser el mismo después de eso. De ahí que esas historias de machetazos en el cerro merezcan ser contadas.


Una respuesta a “de diablos en el cerro y aguas locas”

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